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lunes, 9 de agosto de 2010

El poder de la estupidez: Frases y párrafos destacados (IV)

Una forma generalizada de estupidez es la incapacidad –o la falta de voluntad- de admitir errores. No solo ante otras personas, sino incluso, sobre todo, ante uno mismo. El arrojo de decir o pensar “estaba equivocado” no es un mero acto de sinceridad, sino también una forma inteligente de reducir el problema de la estupidez.
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Karl Popper: tanto la ameba como Einstein resuelven sus problemas con el sistema de prueba y error, pero lo hacen de un modo muy diferente. La ameba no se da cuenta del proceso y sus errores se eliminan con la aniquilación de sí misma. En cambio, Einstein usa deliberadamente los errores para poner a prueba sus teorías y mejorar su conocimiento.
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Milan Kundera: la estupidez nace de tener una respuesta para todo; la sabiduría de tener una pregunta para todo.
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La experiencia no crece automáticamente con la edad. Algunas personas viven por muchos años, pero no aprenden nada, más allá de algunos tópicos arraigados en una educación deficiente. Aprender es una actitud activa, una tarea interminable. La curiosidad es de gran ayuda. Muy a menudo, mientras nos esforzamos por entender una cuestión de cierto campo, descubrimos una lección interesante que aplicar a campos muy distintos.
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Uno de los conceptos clave de este libro es que los necios más necios de todos son aquellos que creen que lo saben todo y nunca comenten errores.
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Escuchar no es solo cuestión de oír y comprender. Se trata de ponerse en el lugar de otro, de esforzarse por ver las cosas desde el punto de vista del otro. No solo tener los oídos y la mente abiertos, sino prestar atención más allá de las apariencias, poseer una empatía genuina y en verdad atenta a lo que el otro tal vez no está diciendo, pero quisiera que percibiéramos.
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Si en lugar de pretender que la estupidez no existe en nuestro medio, o de creer que somos inmunes a ella, nos damos cuenta de que está en todas partes, descubriremos también que es más predecible de lo que solemos suponer.
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Dieter Hildebrandt: solo creemos lo que vemos. Así que, con la televisión, nos lo creemos todo.
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El poder de la estupidez. Frases y párrafos destacados (III)

El auténtico progreso –de una sola persona, de una organización o de la humanidad en su conjunto- se basa en dudar constantemente de las certezas aparentes, en tener siempre un inagotable deseo de aprender, de evolucionar, de progresar.
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Existen notables instituciones científicas y filosóficas que, supuestamente entregadas a la búsqueda del conocimiento, en realidad se atrincheran en una protección arrogante y miope del privilegio cultural; en otros casos, están condicionadas por intereses muy poderosos: económicos, políticos o académicos.
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Ennio Flaiano: solo hay una idea que nos puede aliviar. Se tiende a creer que los necios se solidarizan entre sí. Pero no. Nadie odia más a los estúpidos que otro estúpido. (…)
(…) Quizá sea cierto que los estúpidos no se “solidarizan” entre sí, deliberadamente –o no son conscientes de cómo suman sus efectos- porque ni siquiera saben de su necedad. Pero es un hecho: la estupidez es contagiosa. Y como las personas infectadas no son conscientes de su dolencia, es muy difícil poner coto a la epidemia.
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Niels Bohr: predecir es muy difícil, sobre todo el futuro.
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Confucio: aprender sin pensar es un esfuerzo baldío; pensar sin aprender es peligroso.
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Malcolm Forbes: la gente más tonta que conozco es la que lo sabe todo.
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Joan Jiménez: un experto es alguien que es realmente consciente de todo lo que ignora.
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Bertrand Russel: el problema del mundo es que los estúpidos tienen una seguridad pasmosa y los inteligentes rebosan de dudas.
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El problema es que la estupidez resulta sonrojante. Mientras podemos reírnos de ella, nos sentimos cómodos. Intentar comprenderla, por el contrario, es incómodo y desagradable. Incluso personas con una sana dosis de autocrítica y francamente abiertas a la ironía se sienten inquietas cuando se aborda el tema de los necios. No es fácil aceptar el hecho de que, hasta cierto punto, todos lo somos.
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El poder de la estupidez. Frases y párrafos destacados (II)

Sócrates solía decir: cuanto más sé, más sé que no sé. He aquí una buena razón para creer que era muy inteligente; y mucho más sabio, sin duda, que la mayoría de las personas que creen saberlo todo.
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Albert Einstein: lo importante es no dejar de preguntarse jamás. La curiosidad tiene su propia razón de ser. No podemos evitar sobrecogernos cuando contemplamos los misterios de la eternidad, la vida o la maravillosa estructura de la realidad. Basta con intentar comprender una pequeña parte de estos misterios cada día. No hay que perder jamás la bendita curiosidad.
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No resulta extraño, pero sí bastante deprimente, ver cómo muchas personas siguen cayendo en las mismas trampas de antaño. La estupidez, así como el perverso arte de beneficiarse de ella, es vieja como la humanidad. La solución no pasa por “hacerse el listo” y unirse a las filas de los timadores. Esto puede resultar bastante peligroso y, a menudo, destructivo para uno mismo: uno de los timos más exitosos es (y ha sido siempre) el del juego de la confianza, en el que el timado se cree que es el timador.
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Solemos hablar de “simples” o “simplones” para referirnos a los estúpidos, los ignorantes, los mentecatos que carecen de sensatez. Todavía es muy común el prejuicio según el cual la estupidez es sencilla, y la inteligencia, compleja. En realidad suele ser al revés. Cuando la inteligencia se presenta de un modo complicado, que cuesta comprender, es que aún no está madura. Para alcanzar la plenitud debe evolucionar a la sencillez.
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Vitaliano Brancati: los tontos se aburren porque carecen de una cualidad sutil: el discernimiento. Una persona inteligente descubre mil matices en un mismo objeto, percibe la profunda diferencia entre dos hechos aparentemente similares. Un tonto no los distingue, no discierne. Está orgulloso de su capacidad de creer que varias cosas diferentes son la misma sola cosa.
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También en el momento de informar [de la televisión] el panorama sufre alteraciones que lo deforman. Lo que ocurre a diario, pero no vemos, parece no existir. En cambio lo que se ve a través de la lente de una cámara –y que se ha editado de diversas formas- se percibe como algo “cierto”, como si lo estuviésemos viendo con nuestros propios ojos.
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John Kenneth Gailbraith: la única función de la previsión económica es hacer que la astrología parezca respetable.
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La exploración científica, en constante ampliación, resulta fascinante pero también genera desasosiego. Cuanto más sabemos, menos seguros estamos.
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El poder de la estupidez: Frases y párrafos destacados (I)

Robert Heinlein: no subestimes nunca el poder de la estupidez humana.
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Robert Stenberg: [la estupidez es un tema] que la inmensa mayoría de las teorías psicológicas, incluidas las teorías de la inteligencia, parecen pasar por alto. El mundo apoya con muchos millones de dólares una industria de la inteligencia y la capacidad investigadora, pero apenas dedica nada a determinar por qué esta inteligencia se derrocha al realizar actos de una estupidez pasmosa increíble.
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Lo inquietante del hecho es que las idioteces más absurdas, si se repiten con frecuencia necesaria, pueden ser ampliamente aceptadas como “verdad”. ¿Cuántas cosas que se nos dice que son “ciertas” son igualmente falsas?
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La Navaja de Hanlon: no atribuyas nunca a la malicia lo que se puede explicar adecuadamente con la estupidez.
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La estupidez, la miopía y la ceguera mental rigen el mundo. Visto por un observador del espacio remoto, podría ser muy divertido. Pero como habitante de este planeta, no consigo verle la gracia por ningún lado.
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Otra enfermedad descrita por Parkinson es la “ingelitencia”, el acceso a los puestos de autoridad de personas que sienten celos ingentes del éxito ajeno al par que se caracterizan por la incompetencia. Según el autor, reconocemos a la persona ingelitente por la terquedad con que se esfuerza por expulsar a todos los que son más capaces que ella misma.
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Scott Adams: las personas menos competentes y menos inteligentes ascienden a los puestos donde menos daño pueden causar: la dirección.
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Carlo M. Cipolla: una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.
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Resulta obvio que las personas responsables y generosas, por regla general, son conscientes de su comportamiento; las malintencionadas y desagradables saben lo que hacen, e incluso las víctimas más frágiles se dan cuenta de que algo no funciona del todo bien… Pero las personas estúpidas no saben que lo son, y esa es una de las razones por las cuales resultan extremadamente peligrosas.
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Primer corolario de Livraghi: en cada uno de nosotros reside un factor de estupidez que es siempre mayor de lo que creemos.
Segundo corolario de Livraghi: cuando la estupidez de una persona se combina con la estupidez ajena, el impacto crece de forma geométrica; esto es, por la multiplicación, no por la adición, de los factores de estupidez individuales.
Tercer corolario de Livraghi: combinar la inteligencia de distintas personas es más difícil que combinar la estupidez.
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El poder de la estupidez (crítica del libro)

“El poder de la estupidez”, de Giancarlo Livraghi, es un libro peculiar pues muy pocas obras tienen por objeto estudiar la estupidez. El autor nos invita a conocer el peliagudo mundo de la estupidez llevándonos de su propia mano y de la de diferentes personalidades. Mientras que las primeras partes del libro nos presentan la estupidez junto a diversos aspectos relacionados con la misma y la forma de reconocerla, las últimas partes resultan de gran utilidad al proporcionarnos una serie de herramientas para evitar la estupidez y/o mitigar sus efectos deletéreos.
Lo mejor del libro:
1. Está escrito en un lenguaje claro y conciso, y las explicaciones son sencillas. Ello hace que este libro sea asequible a casi todos los públicos.
2. Es innovador con respecto a otros tratados de la estupidez, al afirmar que ésta es universal y está presente -en mayor o menor medida- en TODOS los individuos. Es decir, cualquiera de nosotros podemos caer en la estupidez dependiendo de la situación en la que nos encontremos.
Lo peor del libro:
1. El tratamiento de algunos temas parece insuficiente. Da la sensación de que su exégesis se queda corta.
2. En ocasiones aparecen pequeños errores gramaticales, quizás debidos a la traducción desde el italiano al español.
Calificación personal:
Entre 0 y 10 (siendo el 0 un libro pésimo no recomendable y el 10 uno excelente altamente recomendable) le adjudico una puntuación de 7.
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miércoles, 19 de agosto de 2009

Releyendo a von Mises (I): historia, historias e historietas.

Ludwig von Mises es un destacado intelectual –no siempre bien conocido y/o interpretado- y uno de los máximos representantes de la Escuela Austriaca de Economía, la cual se caracteriza por sus ideas liberales. Su principal obra, “La Acción Humana”, es un libro imprescindible para todo aquel que desee introducirse en el liberalismo. Aunque no comparto en todos sus aspectos la postura filosófico-liberal de von Mises, sí que considero que hay bastantes ideas aprovechables con las que coincido.
En estos días he decidido releer “La Acción Humana” (que ya tenía casi olvidada) para exponer y comentar en sucesivos artículos algunos de los pasajes que me parecen más interesantes. Por supuesto, no querría dar la impresión de que gracias a estos artículos se hace innecesario leer dicha obra. Muy al contrario, pretendo que sean una invitación a conocer “La Acción Humana”, posiblemente una de las obras imprescindibles del s. XX.
Sin más dilación os dejo con Ludwig von Mises y sus apreciaciones sobre la labor del historiador:

El historiador, desde luego, no debe dejarse influir por prejuicios ni dogmas partidistas. Quienes manejan los sucesos históricos como armas dialécticas en sus controversias no son historiadores, sino propagandistas y apologistas. Tales expositores no buscan la verdad; sólo aspiran a propagar el ideario de su partido. Son combatientes que militan en favor de determinadas doctrinas metafísicas, religiosas, nacionalistas, políticas o sociales. Usurpan el nombre de historia para sus escritos con miras a confundir a las almas cándidas. El historiador aspira, ante todo, al conocimiento. Rechaza el partidismo. En este sentido, debe ser neutral respecto a cualquier juicio de valor.
(…) Pero en el mundo de la historia es mucho más difícil atenerse a esa exigencia de neutralidad valorativa. Ello es obvio por cuanto la materia que maneja el estudio histórico, es decir, la concreta, accidental y circunstancial ciencia de la acción humana consiste en juicios de valor y en los cambiantes efectos que estos provocaron. A cada paso tropieza el historiador con juicios valorativos. Sus investigaciones giran en torno a las valoraciones formuladas por aquellas gentes cuyas acciones narra.
Se ha dicho que el historiador no puede evitar el juicio valorativo. Ningún historiador –ni siquiera el más ingenuo reportero o cronista- refleja todos los sucesos como de verdad acontecieron. Ha de discriminar, ha de destacar ciertos aspectos que estima de mayor trascendencia, silenciando otras circunstancias. Tal elección, se dice, implica ya un juicio valorativo. Depende de cuál sea la filosofía del narrador, por lo cual nunca podrá ser imparcial, sino fruto de cierto ideario. La historia tiene, por fuerza, que tergiversar los hechos: en realidad, nunca podrá llegar a ser científica, es decir, imparcial con respecto a las valoraciones, sin otro objeto que el de descubrir la verdad.

Von Mises termina mencionando la necesidad de que la historia busque la verdad para que pueda ser tomada en consideración. En mi opinión, intentar acceder a la verdad no es tan sencillo ya que ésta, tomada como absoluta, no es algo demasiado frecuente. Quizás sea suficiente con que la búsqueda de datos y la interpretación e ilación de los mismos sean lo más objetivas posibles. Si bien es cierto que la objetividad nunca es completa, alejarse conscientemente de la misma reduce la calidad de la investigación histórica. Hoy en día no es raro encontrarse con libros de supuestos historiadores que distorsionan los acontecimientos pasados, omiten las fuentes que no son de su agrado y hacen casi cualquier cosa con tal de alcanzar unas conclusiones prefijadas de antemano que sean acordes con su ideología. Por desgracia, este tipo de libros suelen alcanzar mayores éxitos de ventas que los escritos por auténticos profesionales: parece como si los lectores prefirieran dar con argumentos históricos que refuercen sus ideas políticas en lugar de alcanzar un mayor conocimiento de lo acontecido. Deberíamos, pues, desconfiar de los autores ideologizados o bien contrastar lo escrito por historiadores de diferente tendencia ideológica.

lunes, 31 de diciembre de 2007

La felicidad y el vil metal

Cuando se dice que el dinero no hace la felicidad se alude, evidentemente, al de los demas. Sacha Guitry.
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La investigación de los factores que influyen en la felicidad es amplia y controvertida. De ella han surgido numerosas listas y cálculos matemáticos sobre los diversos factores que podrían intervenir en la felicidad.
Sin llegar tan lejos, es famoso -y no del todo desacertado- el dicho popular que asienta la felicidad en tres pilares: salud, dinero y amor. De entre ellos, nadie suele cuestionar que el amor nos aporta felicidad ni que la falta de salud nos la arrebata. En cambio, es frecuente escuchar la afirmación de que “el dinero no da la felicidad”. Pero… ¿Es eso cierto o se trata de una frase propia del conformismo y/o de la envidia ante el dinero ajeno? La respuesta no es sencilla. Lo que parece más seguro es que de los tres pilares mentados, el dinero es el que menos contribuye a nuestra dicha. La carencia de amor (en sentido general, es decir: amor a los padres, al trabajo, a la pareja, al arte, etc.) conduce a menudo al ostracismo, a la depresión y/o al resentimiento. La privación de salud hace incómodo el día a día, dificulta las relaciones personales, impone restricciones físicas y/o psíquicas e, incluso, llega a amenazar la propia vida. Sin embargo, la falta de dinero no tiene por qué amargar siempre la existencia. Es evidente que pecaríamos de hipócritas si le decimos a un indigente desgraciado que el dinero no le va a aportar un aliciente para ser más feliz. Ahora bien, es igualmente falso suponer que los monjes que hacen voto de pobreza, que los eremitas hindúes, que ciertos grupos étnicos y/o religiosos, etc., sufren por su "alejamiento del dinero". En estos y otros ejemplos el ser humano apuesta voluntariamente por una vida espiritual alejada de los lujos materiales. Así pues, es necesario tratar el asunto desde una perspectiva lo más aséptica y objetiva posible.

En mi opinión, el dinero nos acerca a la felicidad de tres maneras:
A/ La primera se basa en su mera acumulación: el individuo no disfruta tanto de los bienes y servicios a los que puede acceder como del “engrosamiento de su billetera”. Hay personas que son felices llevando una vida austera -próxima a la miseria- la cual hacen girar en torno a una preocupación casi obsesiva por el incremento de capital.
B/ La segunda manera consiste en disfrutar con la satisfacción de nuevas necesidades: para el ser humano, las necesidades son infinitas y pueden ser creadas mediante la publicidad de nuevos bienes y servicios. No es raro pues, que la única razón de ser de muchos estribe en diferenciar a los poseedores de los que carecen de ellos. Sin ir más lejos, una prenda de una marca textil cara y famosa puede no ser tan duradera, ni cómoda, ni abrigar tanto como otra más barata y menos conocida. El propietario de la primera seguramente no estará tan interesado en su funcionalidad como en su carácter de exclusividad o de pertenencia a cierto grupo elitista.
Si nos fijamos, el aporte de felicidad que confiere el dinero por una u otra vía se mide en términos relativos: el sujeto alcanza cierta felicidad poseyendo más dinero que el vecino o cubriendo necesidades que le permitan sentirse “por encima” de éste. El primer caso de aporte de felicidad ha dado pie a la creación de arquetipos huraños famosos como Ebenezer Scrooge o el Tío Gilito. A su vez, el segundo caso suele asimilarse a personas con problemas de autoestima que esconden sus complejos tras un esnobismo poco racional, o bien apaciguan su ansiedad a través de las compras compulsivas.
La felicidad del mero acumulador de dinero suele presentarse de forma moderada y continua durante largos periodos de tiempo. Por el contrario, la felicidad del esnob o del adicto a las compras aparece de manera breve y explosiva. El placer se diluye en el tiempo, siendo precisas más adquisiciones que satisfagan las nuevas necesidades que le atenazan.
C/ La tercera y última vía por la que el dinero aporta felicidad carece de las connotaciones negativas mencionadas, pues alude a una mayor libertad y/o comodidad, y a una "ampliación de horizontes". Por ejemplo: acercando la cultura al individuo, alejándolo de trabajos muy duros, aportándole distracciones y enriquecimientos mentales para su medio social, permitiéndole el acceso a bienes y servicios objetivamente de mayor calidad, etc.

En otro orden de cosas, no se debe ignorar que la riqueza puede acarrear infelicidad a muchos individuos que carecen de ella y que comparan su estatus económico con el de personas más adineradas. Diversas investigaciones han evidenciado que poblaciones con pocos recursos que se comparan con otras más acaudaladas obtienen una fuente de desdicha ante tal confrontación. Esta situación supondría – al menos en teoría- un punto a favor de la ideología socialista pues ésta tiende a reducir las diferencias económicas entre individuos. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que al aplicarse el socialismo radical o el comunismo los ciudadanos no parecen ser más felices sino al contrario. Existen múltiples razones que arrojan luz sobre esta paradoja. Entre ellas cabría destacar:
1/ La escasa diferencia de sueldos en los regímenes mencionados, que desincentiva el esfuerzo de superación.
2/ Aunque en apariencia no hay grandes diferencias salariales, en la práctica sí que suelen cobrar más y disfrutar de mayores privilegios los burócratas y/o allegados al partido gobernante (Nomenklatura...), y/o los que ocupan puestos indispensables para mantener el orden social (ejército, servicios secretos, etc.).
3/ La igualación de sueldos tiende a aproximarlos a la baja, lo que implica una mayor pobreza.
4/ La incapacidad para generar riqueza de los regímenes izquierdistas extremos acarrea una mayor depauperación. Ello es debido a que se reduce la iniciativa privada y la competencia, apostándose por el Estado como creador de riqueza, sin contar con que éste en realidad no es productor de la misma sino un mero distribuidor.
5/ La escasa incentivación (¡o hasta prohibición!) del ahorro impide a muchos ciudadanos abandonar la pobreza.

En consecuencia, la infelicidad por comparación que acarrea el dinero no parece que se vaya a arreglar apostando por medidas políticas de corte igualitario. Cuanto más tiendan éstas a la igualdad, más acercarán la represión y la pobreza a los ciudadanos. ¿Qué hacer entonces? La solución no es sencilla. Quizás hallemos un punto de partida en cultivar una moral que enseñe a no sufrir por la riqueza ajena mientras ésta no implique la miseria para el menos adinerado. Todo ello inmerso en un marco legal que reduzca las trabas que impiden alcanzar un mayor estatus socioeconómico, al tiempo que se evita el enriquecimiento a través de la corrupción.